La vida es sueño, por Nacho Damiano

Una reseña de “La casa de las bellas durmientes” (眠れる美女), de Kawabata Yasunari

 Leer a Kawabata requiere que aceptemos un pacto implícito que debe quedar bien claro a lo largo de todo el relato: estamos leyendo en español una novela pensada, imaginada y escrita en japonés, por lo que cualquier análisis lingüístico sería una falacia. A pesar de esto, y al contrario de otros escritores orientales, la narración de Kawabata nos invita a navegar por los ríos de su prosa. La casa de las bellas durmientes, novela de madurez, narra las visitas de un anciano a un burdel al que los clientes acuden para dormir junto a las mujeres. Pueden tocarlas, olerlas, mirarlas y hasta hablarles, pero no más que eso. Están dormidas antes de la llegada de sus clientes y así permanecen hasta que se retiran. El narrador nos repite tantas veces que a Eguchi, el protagonista, nada le parece extraño que la sensación de que estamos dentro de un mundo siniestro es inevitable.

   

 

 

A medida que avanza la narración, Eguchi va durmiendo con mujeres –en el texto no aparece la palabra prostituta– cada vez más jóvenes, la más pequeña cuenta con sólo dieciséis años. Como es un cliente que se ha ganado la confianza de la dueña, le permite pasar la noche con las que todavía están “en entrenamiento”. ¿Qué significa exactamente que están en entrenamiento si lo único que hacen es dormir? ¿Qué habilidad entrenan, a qué aptitudes accederían gracias a la experiencia? Si las mejores narraciones son las que dejan intersticios de sentido para ser llenados por la imaginación del lector, La casa de las… es una obra maestra. Otra idea magistral de la narración es que las mujeres son vírgenes. Pero la virginidad, lejos de ser una ofrenda a la distinguida y exclusiva clientela, es casi una ofensa: el hecho de ser vírgenes les recuerda que no podrían desvirgarlas aunque quisieran. Ya no está a su alcance, “las mujeres no se despertaban, le ahorraban a los viejos la vergüenza de sus años.”.

Como en toda novela de Kawabata, podemos encontrar varios temas a lo largo de sus páginas. La mujer como objeto (se habla de muñecas vivientes, de mujeres convertidas en juguetes), la culpa “yacer junto a una mujer narcotizada era sin duda malo”, lo siniestro de los recovecos de la muerte humana (el narrador sueña con que su hija da a luz un bebé con malformaciones, por lo que deduce con toda naturalidad que “el placer deforme produce sueños deformes”). Pero el verdadero tema de La casa de las… es la vejez, la senilidad, la decrepitud del cuerpo y la mente, la consciencia de estar en la antesala de la muerte. A pesar de que Eguchi tiene sesenta y siete años, todavía no es simplemente un viejo (“el hombre que le habló a Eguchi de la casa era tan viejo que ya había dejado de ser hombre”) pero está entrando en esa etapa en la que la muerte se transforma en un fantasma omnipresente.

Lo superficialmente profundo del tema sumado a una narración plagada de pasajes a los que nos tiene acostumbrados el gran Kawabata “ninguna mujer, por hermosa que sea, puede ocultar su edad cuando duerme”, hacen de esta novela una de las más logradas del premio Nobel japonés.

 

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