Murakami para Montero por Leonardo Huebe

SLT
Supe que Montero estuvo casado. No lo supe porque él me lo haya contado abiertamente, sino por algún comentario perdido en uno de sus extensos monólogos literarios. Me pregunto, hoy, si en su momento, cuando nos veíamos casi a diario, debería haberlo indagado sobre su vida privada, sobre esa esposa, sobre si tenía hijos, sobre su trabajo. No sé.

El caso es que nos parecía que hablar de otras cosas que no fuera de nuestras lecturas hubiese sido perder el tiempo.

Es extraño, pero ni él ni yo, por más libros que hubieran pasado por nuestras manos, por más personajes que hubiéramos amado como si fueran familia, por más tragedias o comedias que nos hubieran atrapado, jamás nos dimos cuenta de que el tiempo sólo se pierde cuando ya no hay manera de recuperarlo.

Por eso, quizá estos recuerdos sean una especie de exorcismo, lo único que se me ocurre para rebelarme contra  esta seguridad de que hubo un final, para castigarme por utilizar de manera inconsciente ese pretérito del “estuvo casado” que lo concluye todo, para, quizá, como la mujer que teje, ignorar todas las evidencias y desafiar al destino.

 Si yo le digo que en las novelas de Haruki Murakami hay unicornios, unos seres del tamaño de los muñecos de los chocolates Jack que representan el mal y que, en una de ellas, un personaje habla con los gatos, usted va a querer cambiar de conversación. Si yo le digo que Murakami es el paradigma del escritor posmoderno y que su obra está muy influenciada por la cultura pop, usted va a querer suspender el segundo Jameson. Si yo le digo que el japonés se compró una casa en Oahu, Hawaii, porque es fanático de “Lost” y allí se filmaron las seis temporadas de la serie, usted se va a tentar con llamar a la Sanidad Pública…

Pero le pido que me tenga paciencia, Montero, y que si algo de lo que le cuento le parece, aunque sea, un poco interesante, esta noche invite usted.

Porque también le tengo que decir que ese japonés es un fanático del jazz con una colección que supera los siete mil discos, que se levanta a las cuatro de la mañana para escribir con el ritmo de quien toca el piano en un night club a orillas del Missisipi y que hay dos directores de los que usted me habló muy bien, la Sofia Coppola de “Perdidos en Tokio” y el Alejandro González Iñárritu de “Babel”, que lo tienen como a una de sus influencias.

Pero hay algo más, un detalle que quizá le interese: Haruki Murakami es el traductor al japonés de, entre otros norteamericanos, su querido Raymond Carver.

Es curioso ver como este hombre, que, al igual que usted, es lector y admirador del “realismo sucio norteamericano”, se haya inclinado cada vez más hacia lo fantástico. A pesar de esto, siento la necesidad de recomendarle la lectura de Murakami porque no hay escritor contemporáneo que pueda crear esos personajes femeninos tan imperfectos, tan contradictorios, tan reales, tan humanos. En “Tokio Blues” Naoko y Reiko, en “Al sur de la frontera, al oeste del sol” Yukiko y Shimamoto, en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” Kumiko y May, en “After dark” las hermanas Eri y Mari Asai, en “Sputnik, mi amor” Myû y Sumire. En “Kafka en la orilla” la señora Saeki y la peluquera Sakura. En “1q84” la disléxica Fukaeri.

No sé lo que piensan los críticos sobre esto, pero, para mí, es sobre esas mujeres, sobre esas vigas, que se sostiene el universo literario de Murakami. Sus novelas crecen y florecen agarradas a ellas como enredaderas. Ya sea en el realismo triste de “Tokio Blues” o en la fantasía extrema y conspirativa de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, son sus mujeres las que abren el paraguas para desafiar la tormenta.

En algunos artículos especializados lo llaman el “Auster japonés”. La verdad, es que después de haber leído a Auster y a Murakami, esa calificación me parece un desacierto. Siento, como lector, que no hay punto de comparación entre ellos, más allá del de la cuenta bancaria millonaria, claro.

La diferencia más importante, la que los hace incomparables, es el tratamiento que cada uno le da al destino: En Auster, el destino es zarandeado y empujado todo el tiempo por esos dos patovicas perversos llamados Azar y Contingencia. En Murakami, lo contrario: el destino está decidido de antemano por fuerzas oscuras que llevan a los personajes por un camino estrecho hacia un final ya escrito del que no tienen conciencia.

En ese momento Montero se incorporó interrumpiéndome, murmuró algo parecido a “Como nosotros” o “Como los nuestros”, se acercó a la camarera y, con un gesto de fastidio, pagó los whiskys.

FUENTE: http://slt.telam.com.ar/noticia/murakami-para-montero_n1125

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