Mizumura Minae (水村美苗): Por qué escribo lo que escribo.

¿Por qué escribo lo que escribo?

 Tendría más sentido, o al menos, sería más fácil para mí responder tal pregunta, si pudiera darles una rápida y al mismo tiempo esencial idea de lo que escribo. Entonces intenté pensar mis novelas como un todo, y traté de ver si tenían algo en común. A primera vista son muy distintas una de la otra.

He escrito 3 novelas en los últimos 15 años. Mi primera novela fue un intento de terminar una novela inconclusa de otro escritor. Mi segunda novela, que mezcla el inglés con el japonés, es un trabajo que entraría bajo la rúbrica de la autobiografía. Mi tercera y más reciente novela es la reescritura de Cumbres borrascosas, de Emily Bronte, en el Japón de posguerra.

Dejando de lado que ninguna fue un éxito comercial, ningún hilo conductor parecía hilarlas. Sin embargo, mientras intentaba tomar distancia, mirarlas desde la distancia, empecé a pensar que tienen algo que comparten. Todas están escritas con lo que llamo “triste conocimiento.” Dejenme explicar lo que quiero decir con “triste conocimiento” resumiendo la triste historia de mi vida.

Nací en Tokyo pero me mudé a Estados Unidos con mi familia cuando tenía 12 años, momento en que mi padre fue enviado como gerente a una sucursal de su empresa en Nueva York. No me llevaba bien con el país ni con su lengua, el inglés. Le di la espalda a Estados Unidos y pasé toda mi niñez leyendo viejas novelas japonesas que mis padres nos daban a mi hermana y a mí para leer. Leía y leía y soñaba con el día en que finalmente volvería a Japón y empezaría a vivir una vida plena -no una vida en las penumbras como vivía en Estados Unidos. Naturalmente, cuanto más me sumergía en esas viejas novelas japonesas, más le daba la espalda a la lengua inglesa. Mi aversión al inglés era tal que cuando llegó el momento de ir a la universidad, yo, una mediocre pintora como mucho, elegí ir a la escuela de arte. La vida nunca se da de la manera que uno espera, y mis circunstancias personales me impidieron regresar a Japón por mucho tiempo, pero sí pude triunfar resistiendo la lengua inglesa, casándome con un japonés en Estados Unidos y estudiando literatura francesa, cuando abandoné la pintura.

Era infeliz viviendo en Estados Unidos, pero era feliz con el pensamiento, que crecía cada día, de que cuando finalmente regresara a Japón, empezaría a escribir novelas. Finalmente llegó el día en que regresé a Japón, y muchos años después, publiqué mi primera novela. Gracias a mi obstinada persistencia con el japonés, mi nivel era tan excelente que los lectores, que se enteraron de mi historia, estaban sorprendidos. Sin embargo, para ese entonces, lo que llamo “triste conocimiento” ya había echado raíces en mí.

No sé cómo ni cuándo ese conocimiento se acercó a mí por primera vez. Al principio, vino discretamente, vagamente, como un fantasma en un sueño oscuro. A veces, venía de a poco, en pequeños fragmentos. Es una de esas ironías de la vida que justo cuando empecé a pensar seriamente en mi primera novela, ese “conocimiento” se hizo patente en mí con una fuerza envolvente.

Entonces me di cuenta de que habiéndome mudado a los Estados Unidos a los 12 años, me fue dada la rara oportunidad, la clase de oportunidad que sólo tiene una persona en un millón en Japón, da cambiar mi primera lengua del japonés al inglés. Sin embargo permanecí totalmente ciega a lo que esto significaba, hasta que perdí fue irrevocablemente esa oportunidad. Como todos saben, una novelista, como una bailarina, debe adquirir una tempranamente una habilidad física con el lenguaje. Yo, que felizmente insistí con el japonés, sin darme cuenta insistí en una lengua local y singular y perdí la oportunidad de convertirme en una escritora de lengua inglesa, la única lengua universal hoy en día.

Las personas que tienen el inglés como lengua materna muchas veces no son conscientes de la suerte que tienen. A veces asumen humildemente que todas las lenguas son igualmente importantes, lo que para mí es simplemente una arrogante suposición de los privilegiados. Solo piensen en la gran ventaja que tienen aquellos novelistas que escriben en inglés. Han existido otras lenguas internacionales en la historia de la humanidad -latín, chino, árabe, francés, incluso el ruso. Pero ninguna otra lengua ha impregnado el mundo tal como lo hizo el inglés. Ninguna otra lengua fue tan completamente y tan absolutamente dominante. Ya en la década pasada aquellos que se comunicaban en inglés como lengua extranjera superaban a aquellos que la tenían como lengua materna. Además, la lengua tiene sus propias leyes de propagación y el predominio del inglés está destinado a continuar por los siglos futuros.

Esta realidad que es clara como el día para mí, me deja con el “triste conocimiento” de que la base de mi estupidez está en el hecho de que me convertí en una escritora de lengua japonesa. Ya escucharon la triste historia de mi vida.

Sin embargo, soy una novelista a la que no le gustan los finales tristes. Me gusta que mis novelas terminen de manera ambigua, con un rayito de esperanza. Y en concordancia con eso, no me gustaría dejarle un final triste a la historia de mi vida. De hecho, no todo está perdido. El “triste conocimiento” asegura otro conocimiento dentro de mí. Cuando escribo, porque siempre escribo con el “triste conocimiento”, siempre tengo claro que no sólo escribo, sino que escribo en japonés. Esta idea es la base de por qué escribo.

Por un lado tengo una tarea megalomaníaca. Escribo para evitar que el mundo sucumba a la tiranía del inglés. Imagínense un mundo en donde la flor y nata de la sociedad se expresara exclusivamente en inglés. No solo sería menos rica la humanidad, sería también menos sutil, menos articulada, menos capaz de chequear la tiranía de un Logos.

Por el otro, tengo una tarea menos megalomaníaca y más práctica. Escribo para ver qué puedo hacer con la lengua japonesa. Cuando escribo, porque siempre sé que escribo en japonés, soy libre de usar la lengua como un vehículo de autoexpresión, algo que viene desde lo profundo de mi alma, algo que me pertenece. Sólo puedo pensar en la lengua como algo que no le pertenece a nadie pero que nos permite a nosotros pertenecer a ella. Los grandes escritores saben esto y todos tratan de hacer lo que pueden con la lengua, pero yo no podría haberlo sabido sin el largo desvío que me tocó vivir.

Creo que esto está bien manifestado en mi primera novela titulada Light and Darkness, Continued. Es una novela que continuaba y completaba una novela inconclusa, Light and Darkness, escrita por Natsume Sōseki, que murió hace alrededor de 90 años. Luego de abrir sus puertas al mundo occidental en 1868, ingresaron las novelas occidentales y se dio una gran disyuntiva en la tradición literaria japonesa, transformando incluso la escritura. Dentro de lo que llamamos literatura japonesa moderna, Natsume Soseki, autor de Light and Darkness, es sin duda considerado el más grande novelista. Un notable intelectual que escribió poemas en chino y que dio clases de Literatura inglesa; es una figura nacional y también un héroe espiritual para los japoneses. Su rostro aparece en el billete de 1000 yenes, el de mayor circulación hoy día en Japón. Su cerebro fue preservado en la Universidad de Tokyo. Su casa es hoy una atracción turística. Incluso hay una publicación dedicada a estudiar su trabajo y existe en la industria editorial lo que puede llamarse la “industria Sōseki”, con cientos de escritores, críticos y estudiantes escribiendo sobre él cada año. Además, Light and Darkness ocupa un lugar importante, incluso sagrado, en el corazón de la gente porque se trata de una novela que Sōseki estaba escribiendo por entregas hasta que la muerte temprana lo sorprendió a la edad de 49 años, en 1917. La manera en que Sōseki hubiera terminado su historia necesariamente empezó a representar lo que serían sus últimas palabras, y había constantes conjeturas sobre qué palabras podrían haber sido.

No se me hubiera ocurrido terminar una novela tan santificada si las palabras de Sōseki hubieran representado para mi su alma más íntima. No me hubiera atrevido. Pero para mí, sus palabras eran antes que nada, la lengua japonesa –algo a lo que todos los hablantes del japonés pertenecemos. Las oraciones de Sōseki, por más idiosincrásicas, no le pertenecían a él, sino a la lengua japonesa que él me ayudó a moldear y enriquecer. Cómo hubiera terminado él su novela es imposible de saber, ni siquiera su cerebro lo sabría. Pero sus palabras y oraciones se dirigían a los escritores japoneses, para que hicieran uso de ellas, si habían sido maldecidos y bendecidos con el “triste conocimiento”, como lo fui yo.

Traducción: Malena Higashi

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